La Madre


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Apareció un día de verano con los huesos a flor de piel. Las tetas secas de amamantar, el lomo encorvado como si arrastrara todo el peso del mundo.

Tuvo suerte, cayó en un buen barrio, pensé al verla la primera vez. Blanca, de pelo muy corto y una mancha marrón a modo de parche en un ojo, se atrajo el cariño de los pocos vecinos de la cuadra. Como probando terreno, deambuló de casa en casa, aceptando la comida y las palmadas cariñosas. Al caer la tarde, desaparecía.

Los días se acortaron, el calendario dio paso al otoño y el bochorno del verano comenzó a ceder al llegar la noche. Ella siguió merodeando, aceptando la comida y las caricias de todos. Nunca era bastante comida, nunca fueron suficientes caricias. Tan flaca y famélica como en febrero, se arrastraba de una puerta a otra, mostrando su cuerpo descarnado y sus tetas secas.

Un domingo lluvioso, hacia principios de abril, lo trajo. Las patas inmensas, el mismo estampado en el cuerpo y la alegría inconsciente de la juventud sin problemas. Gordo y juguetón, saltaba al lado de la madre o caminaba a su paso prendido del seco pezón. Recorriendo la cuadra, se detenían cada tanto, mostrándose a los vecinos que espiaban desde atrás de la ventanas. Esa noche se acomodaron en el zaguán de mi casa. Me sentí especial porque me habían elegido y como ya era ritual, les acerqué un plato de comida y una fuente con agua. Decidí, en ese momento, que en la mañana, les haría traspasar el portón y los invitaría a integrarse a mi familia. Al día siguiente descubrí que mi deseo de adopción era unilateral. Madre e hijo se negaron a ingresar y en cambio se cobijaron de la lluvia en otro portal, demostrando su absoluta independencia. Aceptaban la atención pero no el dominio. Cada vecino podía compartir sus travesuras y desparramaban su amor sobre cada uno de los humanos que vivían en la cuadra. Cuando notaban que alguno de los vecinos salía de la casa, se acercaban y lo acompañaban durante todo el trayecto hasta la esquina y luego volvían a su lugar de residencia momentáneo. De la misma forma, siempre atentos, recibían con algarabía al que llegaba, ladrando, moviendo sus colas y saltando en alegre bienvenida.

El invierno trajo las madrugadas heladas y las noches opacadas por la niebla. Y quizá la niebla fue la causa o sólo la estupidez de un conductor demasiado apurado para mirar por donde iba, lo que causó la catástrofe. La frenada brusca, el golpe y el grito nos sacó a todos a la vereda. Una inmensa camioneta le había pasado por encima. Angustiados e impotentes, nos reunimos todos al costado de la calle, viendo sus esfuerzos para incorporarse y oyendo sus gemidos de dolor. El cachorro lloriqueaba y lamía el hocico sangrante, tratando de devolverle a la madre la vida que se escapaba lentamente. Insultando por lo bajo, uno de sus múltiples amos se abrió paso y se arrodilló al lado de la víctima. Levantó al cachorro en sus brazos y entregándolo a su esposa, pidió que lo alejaran. Alzó los ojos y miró a la cara de cada uno de los reunidos, sacó un revólver, lo apoyó en la cabeza del animal y disparó dos veces. Envolvieron el cuerpo en una lona, cavaron un pozo en la esquina y allí lo enterraron, en la vereda de la cuadra que había elegido como su casa.

- FIN -

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