Los naranjos de la calle Ameghino

El asfalto riela su propio calor de tránsito.
Las bocinas y ululantes sirenas
Acompañan el loco andar del caminante
En una mañana normal de día laborable.

Y ellos allí imperturbables,
en un mísero terrón de dura tierra,
Ven pasar el enjambre.

Testigos silenciosos de prosaica imagen,
Vieron nacer el macadán sobre el cálido barro
En pro del gran avance.
Cubiertos los zanjones que orillaban la calle,
Mantuvieron su erguida estampa de un antiguo linaje.


De carro a caballos, al de maloliente escape,
Conservaron estoicos sus brazos extendidos
Que en tiempo de las flores
De azahares se adornaron
Y generosos cambiaron por cada azahar un fruto
De milagroso dorado.
Incongruentes,
Estoicos,
Prosaicos.
Los naranjos urbanos.

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Silvia Beatriz
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