Sorpresa en la Oficina

Apagó la luz, temeroso por los inusuales ruidos que llegaban desde la oficina lindante. Se agazapó detrás de la puerta y retuvo la respiración. Los sonidos se oían cada vez más firmes y acercándose hacia la única entrada a su cubículo de trabajo. 11 p.m. Una horrible hora para estar renegando con los números que no cerraban y con la idea de sueldos que pagar y responsabilidades que cumplir. Y ahora, para completarla, un posible ladrón aumentando su inquietud.
El picaporte empezó a girar lentamente y una imperiosa necesidad de tragar se le anudó en la garganta. El triángulo de luz se volcó sobre la alfombra al mismo tiempo que su frente se perlaba de sudor.
Lo primero que apareció en ese triángulo fue la punta de un zapato charolado rojo intenso, calzando un pie cubierto por una calada media blanca. Lo siguiente fue una pierna torneada, rematada en una rodilla estilizada, perfecta. La larga ante pierna adornada con un portaligas, deshizo el nudo de su garganta e hizo que apareciera una nueva sensación: la curiosidad mezclada con la sorpresa. Y esa curiosidad lo hizo salir de su escondite para enfrentar a la dueña de esa pierna, que ya ocupaba todo el vano de la puerta.
Una vaporosa imagen cubierta de un voluptuoso y sensual conjunto de lazos y seda. Una cabellera renegrida y salvaje enmarcando las facciones invitantes, de labios carnosos pintados de rubí, ingresó con un paso elegante. Su mano enguantada buscó la perilla de la luz y toda la habitación se llenó con su presencia. Con cuidado cerró la puerta tras de sí y se brindó a sus ojos, para regodearle con su belleza.
Sin mediar palabra, se acercó hacia él, invadiéndole su espacio con su perfume a jazmines. Inmóvil ahora, nuevamente conteniendo la respiración, sintió como su cuerpo entraba en ebullición.
La mujer perfecta se apoyó suavemente contra él, apenas rozándolo, creando una expectativa que agudizó sus sentidos. Alzó sus brazos y los enredó en su cuello al mismo tiempo que aumentaba su cercanía hasta casi perderse contra su cuerpo. Las curvas se ajustaban a sus planos como piezas de un rompecabezas. Sus pechos se aplastaban contra sus pectorales y trasmitían su propio calor. Como al descuido, las largas uñas jugaron arabescos extraños en su nuca. Se sintió transido de deseo. Buscó los labios tentadores y los cubrió con un profundo beso. Sus lenguas danzaron un baile desenfrenado y loco. Atrajo con fuerza sus caderas, para que sintiera la profundidad de su deseo.
A los tropezones la llevó hasta su escritorio y de un manotazo lo desocupó de papeles.
Mientras sus manos buscaban los lazos y broches de las albas prendas, la mano indiscreta comenzó a masajear su creciente masculinidad.
Los pechos turgentes ahora al descubierto, exigieron a su boca a besarlos con reverencia. La piel húmeda y caliente invitó a sus manos a la caricia lenta.
La premura los envolvió y sin mediar palabra, la mujer arrancó los botones de su camisa, dejando al descubierto su torso, que regó de pequeños besos.
La sentó sobre el escritorio y casi con desesperación, terminó de desnudarla. Su pantalón voló hacia algún rincón desconocido y llevados por la pasión, se poseyeron con frenesí.
En un acto sexual y loco, con una pasión nueva y desconocida. Llegaron al final en mutua compañía, ambos extasiados y jadeantes.
Mientras le acomodaba la ropa con ternura, una pequeña sonrisa cómplice se dibujó en su boca.
En quince años de matrimonio habían vivido muchas experiencias y habían probado muchas otras, pero nunca una tan placentera.

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