Fotos que acompañan al dolor de Silvia Beatriz Giordano

Dentro del montón de fotos desparramadas sobre la mesa, eligió tres. En cada una de ellas la cara dulce de un niño la miraba sonriente.

Con un dedo tembloroso delineó el contorno de la boca, del abundante y negro flequillo, las mejillas, el mentón… En una caricia lenta y sentida.

Llevó la foto a su frente, la bajó hasta sus labios, la besó y la apretó contra su pecho. Un gemido profundo, desgarrado, subió desde sus entrañas. Un llanto seco sacudió la calma de la casa. Ya no había más lágrimas. Sólo dolor, un negro dolor que no desaparecía, sino que se arraigaba más y más, con cada minuto, hora, día, año que pasaba.

La sensación de estar incompleta, de haber perdido parte de su cuerpo y de su alma era con lo que se enfrentaba cada mañana al abrir los ojos y ver el cielorraso de su dormitorio. La gran cama con las sábanas arrugadas, la almohada húmeda por sus lagrimas nocturnas, la botella medio vacía de vodka abandonada en el piso.

Dormida podía llorar, podía abrazar el pequeño cuerpo, podía escuchar su risa y sus gritos. En sueños podía retarlo y disfrutar de sus travesuras… pero en sueños también revivía cada instante, cada golpe, cada minuto de angustia.

Todo le había sido arrebatado. Y lo único válido que tenía era esa soledad elegida para poder sufrir su dolor abiertamente, sin fingir una resignación que no sentía, sólo para conformar a los demás.

Nadie y todos eran culpables. Cada uno de los hombres y mujeres de este mundo. Los que podían evitarlo, no lo hicieron y los que no podían, nada le advirtieron. Su hijito, su pequeño bebe, su nene de dieciséis años había sido sólo otra víctima de la inseguridad.
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