La Turca de Silvia Beatriz Giordano


     Cada uno de nosotros sabía aunque no lo dijera en voz alta, que cuando llegara el momento se iba a rajar. No era cuestión de miedo o cobardía, sino de supervivencia pura. Los tres estabamos ahí duros de miedo, pero algo muy profundo nos obligaba a fijar la vista en esa negra oscuridad llena de sombras y vida propia.

     Todo comenzó el sábado cuando salimos del boliche. Habíamos tomado mucho y estábamos bastante “alegres”, pero podíamos mantenernos derechos al caminar. Cantando  a los gritos y voceándonos unos a otros cruzamos la calle, nos metimos en la plaza y nos sentamos en un banco a esperar... nada, como siempre. Teníamos hambre,  ganas de seguir de joda y los bolsillos vacíos. También como siempre.

     La idea surgió de la nada, porque decir que la tuvo uno de nosotros sería mentira. Se fue barajando entre la charla y salió solita a la luz. Como tantas otras estupideces de madrugadas alcoholizadas, que empiezan en un banco de la plaza o en el cordón de la calle y terminan con el sueño al levantarnos a los dos de la tarde.
- Podemos entrar por el tragaluz... la mina vive sola. -
Juampa señaló con la cabeza el hueco apenas visible en la medianera.
- Si pero, ¿y si tiene? - Roberto trajo como de costumbre, un poco de cautela al grupo.
- ¿La Turca va a tener alarma?..., dejáte de joder, boludo! - tercié, despectivo. - ¿Quién le va a poner alarma a un kiosco como ese? -
- ¡Es un kiosco de mierda, che!, - saltó Lucas - no vamos a encontrar ni un mango ahí. -
- Y, Toti, ¿vos que decís? - los cuatro lo miramos. Toti siempre tenía la palabra justa y la decisión rápida.
- Guita no vamos a encontrar... - reflexiona - Podemos sacarle algunas botellas y algo para comer. Vos quedate vigilando en la esquina - se paró decidido, marcando a Roberto y listo para la acción.
- ¡Che!, dejensé de joder. No vamos a hacerlo... ¿o sí? - Lucas nos veía como si no nos conociera - Me están jodiendo... - concluyó acomodándose en el banco.
- ¡Levantá el culo de ahí, dale! - lo reté, - no tenemos toda la noche. Hay que hacerlo ahora.
- Pero nos pueden ver desde el boliche... Hay mucha gente afuera - protestó.
- Está la plaza en el medio. ¡Dale, no seas cagón! - lo pinchó Juampa.
-  ¿Y si está adentro? -
- ¡Estaba en el boliche, idiota! ¿No la viste bailando cuando entramos? -
- Sí, cuando entramos... Después no la vi más. - Empecinado, se mantenía firme en el banco. - ¿Y si se metió en el kiosco con el tipo, qué? - 
- Dejalo... que se quede con Roberto. Dos van a llamar menos la atención  que uno solo. - Decide Toti.
     Emprendimos la tarea como expertos. El tapial de dos metros no representaba un gran desafío. Los culos de botella y los vidrios puntiagudos fueron anulados con la gruesa campera de Juampa como silenciador y una piedra del cantero como maza. Lo saltamos limpiamente y en silencio. El primero en entrar al local daría paso a los otros una vez abierta la puerta que daba a los fondos.
Me agaché para servir de escalón al Toti, que se encaramó en los hombros de Juampa. El tragaluz le quedó a la altura del pecho.
- ¿Podés? - murmuré.
- Si este tarado no me hacer caer... - jadeó.
     Un chasquido seco, que a nuestros oídos retumbó como un petardo, nos informó que el seguro había cedido. Le siguió un ruido metálico y chirriante al correr la hoja para abrirla. En segundos el cuerpo largo y flaco del Toti desapareció por la abertura. Latas que chocaban entre sí y quejidos entrecortados le siguieron.
- ¿Estás bien? - preguntó Juampa con voz baja.
- No veo nada - llegó la respuesta ahogada desde adentro. - Voy a prender el encendedor para abrirles la puerta. Vayan al fondo. -

     Al doblar la esquina de la casa, nos topamos con un revoltijo de escombros y de arena que tapaba la puerta hasta casi la mitad.
- Turca sucia - rezongué - no tenía otro lugar para amontonar mugre.
- ¡No la critiques, che! Encima que le venimos a afanar... - la risita nerviosa de Juampa se mezcló entre sus palabras.
- Si abre para afuera, estamos fritos - le contesté.
Unos arañazos en la puerta y el metal contra metal nos indicaron que Toti ya estaba por abrirla. Por suerte, hacia adentro.
     Saltamos los escombros y nos metimos. Juampa cerró. Toti mantenía el encendedor prendido con mano temblorosa.
- Estamos en el baño - indicó, - Por el olor, seguro que la Turca no tira agua ni de pedo.
- No la critiques,  que Juampa se enoja. - embromé.
Salimos del baño en fila india. No se veía nada más allá de la luz amarillenta de la llama. Lo que parecía ser un depósito de escasos dos por dos, contenía una cama desvencijada, cajones vacíos y cartones rotos tirados en el piso. La puerta que comunicaba con el local estaba abierta frente a nosotros. Una cortina de tiras plásticas nos aislaba de la claridad que llegaba de la calle. Apoyé mi mano en la pared para sortear un cajón y sentí que me deslizaba, perdiendo el equilibrio.
- ¡La p...! acá hay otra puerta o algo... - avisé, trastabillando - Traé la luz. - pedí y ya casi en el suelo manoteé a Juampa para evitar la caída. Mi manotazo se transformó accidentalmente en un empujón, creando una reacción que terminó con el encendedor de Toti volando por el aire y en total oscuridad. Entre un desorden de brazos, piernas e insultos nos pusimos de pie.
- Linda la hiciste, boludo...- lanzó Toti entre dientes, - busquemos el encendedor. -  dijo, agachándose. - Dále, levantá la cortina, así puedo...- un golpe de algo pesado que  daba contra el piso, seguido de lo que parecían pisadas de una carrera surgieron de la puerta a mi derecha, cortando la frase.

- ¡La Turca! - exclamamos los tres al mismo tiempo. En cualquier momento se prendería la luz y seríamos expuestos a la mirada furiosa de la Turca o la boca de un revolver o quién sabe a que otra cosa peor.

     El vaivén de las tiras cortaba la negrura del depósito, en una danza loca. Surgieron insultos entrecortados murmurados por una vos chillona y metálica. Nos amontonamos frente al agujero, oteando el interior de lo que podía ser nuestra condena a la vergüenza de por vida.

     Queríamos verla, pero al mismo tiempo teníamos terror de que nos viera. El silencio ensordecedor después de tanto ruido, nos acechaba, obligándonos a quedarnos quietos y a retener el aire en los pulmones. Algo, deslizándose cerca de nuestros pies, me puso la piel de gallina. 
- ¡Rajemos de acá! - gritó Juampa, tomando la delantera hacia la puerta del baño. Nos precipitamos contra la salida, aplastándonos contra la chapa en nuestro afán de escapar, golpeándonos unos a otros para abrir la puerta. Saltamos la montaña de escombros y a los tropezones, llegamos hasta el tapial. Lo salvamos limpiamente, olvidando toda precaución.

     Lucas estaba en la esquina y vimos a Roberto que llegaba a reunirse con él. Respiramos hondo y caminamos tranquilamente la treintena de metros que nos separaban de nuestros amigos.

- Y..., ¿no trajeron nada? - preguntó Lucas.
- ¡No, che! - contestó Juampa - La Turca estaba adentro. -
- Nos salvamos de una... - añadí.
- Están en pedo. La Turca está en el boliche todavía. Fui a mirar y estaba bailando. Recién llegué - acotó Roberto. - Se cagaron hasta las patas...- agregó burlándose.
- ¡En serio, che! Te digo que estaba adentro - me defendí.

     Toti mantenía la mirada fija en la plaza, tratando de distinguir entre los troncos y canteros la entrada del boliche.

- Nos están mintiendo, - metió las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros, todavía mirando la plaza - era la Turca, seguro. ¿Quién si no? -
- ¡Mirá! Ahí viene - triunfante, Lucas señaló hacia la diagonal de la plaza.

     La Turca y el novio venían abrazados caminando despacio, hacia nosotros. Cruzaron la calle y nos saludaron, reconociéndonos. Dieron unos pasos, alejándose hacia el kiosco. De pronto, la Turca se paró, dio la vuelta y se acercó.

- Hay algo que me gusta de ustedes... - nos miró fijo y sonrió - Saben como y cuando retirarse. - Comenzó a reírse y entre carcajadas, alzó la mano despidiéndose y regresó con el novio.

- No estaba en el kiosco.- dijo Toti.
- No, no estaba. - contesté
- No, no estaba - Repitió Juampa - pero... ¿Cómo supo? - 

     La risa de Roberto hizo de eco a la de la Turca. Agarrándose el estómago, incontrolable y con lágrimas en los ojos, no podía parar. Lucas, sonriendo bobamente, levantó los brazos y saltando y girando, comenzó a bailar, festejándole la risa.

     Toti, Juampa y yo nos miramos inquietos. Si no era la Turca, entonces... ¿Cómo lo supo?.

                                                    
Silvia Giordano




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