Girasoles Amarillos y una Rosa Blanca de silvia Beatriz Giordano

A la niña se le iluminaban los ojos al ver los girasoles florecidos en el campo. Le explotaba el pecho de emoción y no perdía oportunidad de verlos.
Cada tarde, llegada del colegio, montaba en su bicicleta  y en pocos minutos cruzaba el pueblo hacia los campos linderos, con la riqueza a flor de la tierra: los sembradíos de girasoles prontos a cosechar.
Lamentaba año a año cada vez que las manos laboriosas de los cosechadores levantaban los girasoles del campo, pero sabía que era cuestión de esperar una nueva siembra y nuevo florecer para poder disfrutarlos.
Dejaba la bicicleta a la vera del camino, salvaba el alambrado ya vencido por la intemperie y los años y se adentraba entre los girasoles, como si ingresara a un mundo mágico. Las grandes flores llegaban hasta más allá de su cabeza dorada y parecían inclinarse a su paso. Contaba hasta cien y regresaba hasta la orilla del campo. 
Pequeñas hojas amarillas salpicaban su ropa, como destellos de una estrella dadivosa.
Cuando su padre preguntó que quería de regalo por sus doce años, la niña pidió como siempre:
-¡Un gran ramo de girasoles y una rosa blanca!. Y si quieres algo más, tú lo eliges.-
Y ese día, también como siempre en esa fecha, un gran ramo de girasoles con una delicada rosa blanca  presidía la mesa que en el jardín y cubierta de golosinas, esperaba a sus invitados. No fue distinto a otros cumpleaños: Corrieron en el patio, jugaron a la rayuela, saltaron al elástico.
En ese entonces, don Herrera, el dueño del campo de girasoles, había contratado a Salvador, un joven peón de campo que todavía no pintaba ni bigotes, taciturno y reservado, y él había sido el encargado de acercar los girasoles a la casa de la niña.
En los pueblos chicos existía todavía cierto margen de cortesía y los padres de la niña lo invitaron a la fiesta.
Salvador quedó prendado de la pequeña niña de cabellos tan dorados como los girasoles del campo de su patrón.
Año tras año Salvador fue el encargado de llevar los girasoles a la casa de la niña.  La vio pasar a joven niña  y de pronto a mujer.
Salvador revisaba el calendario, pero la pauta de tiempo la recibía del campo de girasoles. En pleno esplendor caía la fecha del cumpleaños de la niña mujer y su oportunidad de estar a pocos pasos de ella.
Pero ese año algo pasó. Nadie mandó a pedir los girasoles. Por más que rondó a don Herrera, éste nunca dio la orden para cortar algunas flores para la niña. Pensó Salvador, que a los 18 años, los girasoles ya no serían importantes para ella.
Dejó pasar la mañana y siguiendo a su añoranza, se encaminó a la casa de la niña.
No había mesa en el jardín ni amigas reidoras.
No estaban los perros dormitando a la sombra y la casa cerrada se veía triste, abandonada.
Se acercó a un vecino que desde la puerta de su casa lo miraba con desconfianza, y mordiendo las palabras, preguntó:
-¿Y…no están de cumpleaños los vecinos?-
-¡¿Cumpleaños?!, no ¡qué  cumpleaños! Están de casamiento. Merceditas se está casando.-
Salvador volvió al campo sorbiendo sus mocos y su llanto.
¡Pero si era una niña! ¡Su niña de girasoles y rosas blancas!

Fin (2009)


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