La Casa - Cuento de Silvia B. Giordano




LA CASA
                     Serie: Los finales:  Integrado por La Espera - La Capitana - La Madre - Despertar
                   Publicado: Noviembre 2002
     El color lodoso que dan los años de abandono, cubre las paredes desde los cimientos. Algunos yuyos y retoños del árbol de café surgen de las grietas cercanas al techo y un helecho salvaje crece precariamente sostenido sobre el arco del zaguán, como si manos anónimas lo hubieran plantado allí.
      La casa con casi dos siglos a cuestas, se destaca incongruente al lado de las modernas construcciones de la cuadra. Ocupa la esquina. El costado da sobre la calle paralela a las vías, con treinta metros de largo y el frente sobre la avenida, ocupando casi los cincuenta metros de la cuadra. Un tapial, de unos diez metros y a medias derruido, nace en el portón de chapa oxidada que otrora fuera la entrada para los carros y el personal de labranza y oculta el patio, donde la maleza se mezcla con los árboles frutales y las enredaderas florecidas en azul. La puerta de doble hoja de la entrada principal se abre en el centro del amplio frente. El peldaño de mármol blanco está gastado en los bordes y rajado en las esquinas. Un zaguán tan largo como ancho, protege a la madera tallada de la puerta de las inclemencias del clima, de las manos depredadoras de los transeúntes o del paso incansable del tiempo, y a las parejas que deambulan por la noche  con los bolsillos escasos de dinero como para pagar un cuarto en un hotel. 
Los mosaicos del piso se desdibujan bajo un espeso colchón de tierra endurecida. Las ventanas, una con balcón en la ochava, cuatro en el frente y tres al costado, son altas y angostas, protegidas por rejas ornamentadas hasta la mitad. En las persianas, la madera muestra chispas de color verde desvaído. Rotas en su mayoría, desniveladas en sus juntas y con huecos misteriosos que atrapan las miradas de los que pasan por la vereda. (Esos que quieren descubrir vida donde ya no habita, risas donde ya no suenan, palabras que ya no existen y ruidos que son silencio). Las molduras que adornan las paredes están rotas, los frisos rajados, con arabescos que sólo la imaginación permite ver completos y un perpetuo olor a humedad se desprende de las rejillas de ventilación que se multiplican en los zócalos.
     Es hermosa. Romántica. Misteriosa. Como mujer de otra era. Con capelina, zarcillos en el pelo y mirada lánguida. Piel transparente y risas hilvanadas tras la complicidad de un abanico de marfil y seda. Es eterna y desolada, como las tardes lluviosas de los domingos en la niñez sin patio. Es húmeda y fría como el cause del arroyo en invierno.
     Es triste en su soledad y alegre por su historia de vidas y de muertes. Pletórica de recuerdos que caminan sus cuartos y galerías, con los olores de su gente, su comida y sus flores.
      Es mi paso obligado de todos los días. Aunque mi destino se acomode a otra dirección, mis pies buscan la vereda sombría de la casa vieja. Hace vibrar mi espíritu su espíritu de permanencia. Resquebrajada por la vejez, intemporal, continúa aun erguida y firme. Sólida y segura.
      La última reja cae ante el golpe de la maza. Descansan en la vereda los esqueletos oxidados, en un montón precario, rodeados del rojo polvo de los ladrillos desangrados por el progreso. La cuadrilla, con sus cascos y picos violadores, hiere la  piel y  arranca de cuajo el mármol y los frisos. Los pedazos de historia, convertidos en escombros inútiles, van llenando los volquetes. La máquina topadora espera paciente su ingreso a escena.
      Desde la esquina, calle de por medio, miro su agonía y oigo los ruidos de su muerte. Me angustio con la angustia de los fantasmas que quedan sin morada y siento su desasosiego y su dolor. Con los ojos nublados, doy la vuelta y busco un nuevo camino para el destino de mis pasos.
Silvia Giordano

-          FIN –
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